Recogepelotas borregos y antideportivos
Hace unos meses ,en un artículo sobre la mala educación en los campos de fútbol, atendiendo tanto al mal comportamiento de algunos aficionados como a la permisividad de los clubes y la silenciosa complicidad del resto de ocupantes del graderío. Esta vez quiero hablar de algunas malas costumbres que se han instaurado en nuestro fútbol (sin entrar en estériles comparaciones con otros países) y que no son responsabilidad de los seguidores, sino de las instituciones, los clubes, los entrenadores o los propios futbolistas.
Los recogepelotas abducidos
No tengo claro cuándo comenzó a expandirse esta deshonrosa práctica pero desde luego que hace diez años no se veía tan a menudo: cuando el equipo local va ganando y el cronómetro se va acercando al final, los recogepelotas desaparecen. Esos chavales que hace un rato se esforzaban en entregar un balón nuevo mientras otro compañero recoge el que se perdió se desvanecen hacia algún escondite. Nadie sabe muy bien adónde van, simplemente estaban pero ya no están, como si hubieran sido abducidos. Y a los jugadores visitantes, que van perdiendo, no les queda otra que esquivar fotógrafos, vallas y micrófonos para encargarse ellos mismos de recoger la pelota. Una auténtica vergüenza.
Primero porque una cosa es que los futbolistas pierdan tiempo y otra mucho más grave es que sea el club el que acuda a sucias estratagemas para incidir en el normal curso del juego. Y segundo, y más importante, porque para ello se utiliza a niños pues, como todos sabemos, la mayoría de los recogepelotas son chavales de las categorías inferiores del club local o de otros equipos de la ciudad. Así de indigno: unos adultos utilizan a unos menores para hacer trampas, aprovechándose de ellos al usarlos como peones y dándoles una lección nada aconsejable (todo vale con tal de ganar).
Devolver el balón al contrario lo más lejos posible
Otra de las feas costumbres que se han extendido como un virus por la España balompédica ocurre casi siempre que un equipo echa el balón fuera para que se atienda a un lesionado. No quiero entrar en el debate de si hay que tirar el balón fuera o no, sino en lo que hace el equipo que posteriormente debe sacar de banda para retomar el juego. Lo normal, lo habitual, es devolver el balón lo más lejos posible, dándole la espalda al espíritu deportivo. El modus operandi suele ser más o menos así: el equipo que tiene el balón ve que hay un jugador lastimado y, ante la inoperancia del árbitro, decide parar el juego lanzando el balón a fuera de banda; el otro equipo, una vez restablecido el herido, no devuelve el balón a la altura donde estaba cuando se paró el juego, sino lo más lejos posible, como si el partido fuera en realidad de rugby.
Detalle aún más feo cuando el que retorna el balón de mala gana lo hace después de que el partido se parara para atender a un compañero suyo. Pero no acaba ahí la ignominia, pues todavía hay quien tiene la cara de ir a presionar el saque de banda, sacando provecho de la buena voluntad del contrario. O no tanto, porque sabiendo lo que vendrá después, cada día se echa el balón fuera con menos ganas y más por obligación. He aquí lo curioso: los jugadores se sienten obligados a echar el balón fuera porque es lo éticamente correcto y si no lo hacen, se les abuchea in situ y se les critica a posteriori. Sin embargo, nada se dice del que no se comporta a la altura del primer gesto a la hora de devolver el balón. Pues un gesto honorable se convierte en deleznable cuando se hace de mala gana y con segundas intenciones.
De hecho, hoy por hoy muchos de los jugadores que tienen que tirar el balón fuera ya lo hacen ellos lo más al fondo posible, intentando contrarrestar la más que probable jugarreta del rival. Es decir: ¿para qué voy a echar el balón fuera por compañerismo si me lo van a devolver con rivalidad? Así, ya estamos dentro de una espiral en la que todos desconfían de todos. Quizá lo mejor sería que la Federación legislara sobre el asunto, marcando el guión a seguir en estos casos y siendo los árbitros los que velaran por su cumplimiento. Pero me parece muy triste que haya que llegar a ese punto pues lo ideal sería que la deportividad todavía significara algo para todos nosotros.
Todos los golpes duelen por encima de la zona de impacto
Me parece muy bien que se castigue a un jugador que hace trampas pretendiendo engañar al árbitro, pues no sólo pone en problemas al encargado de impartir justicia, sino que intenta pervertir el espíritu del juego y se rebaja como deportista (y persona) al acudir a esa gran mentira de ‘el fin justifica los medios’. Hay muchas maneras de hacerlo: tirarse en busca de esa falta o ese penalti que no lo fue, darle con la mano al balón, exagerar el dolor…
Es bastante fácil de ver cuando alguien toca el balón con la mano, lo difícil viene cuando un árbitro debe dirimir en un segundo la gravedad de tal gesto, atendiendo a su voluntariedad y sus consecuencias en apenas un segundo. Decidir si un jugador se ha tirado o no puede ser harto complicado, ya que muchas veces ni siquiera dos amigos acaban poniéndose de acuerdo tras ver múltiples repeticiones en diferentes ángulos y velocidades. Felizmente, desde hace unos años los árbitros tienen una orden expresa de atender especialmente a este tipo de tretas y, efectivamente, ahora se castiga más; de hecho, ahora nos quejamos de que algunas amonestaciones fueron inmerecidas porque, aunque el lance en concreto no fuera penalti, también puede ser que el atacante acabara en el suelo sin pretenderlo…
Exagerar el dolor de una infracción es una práctica indecente. A mí me produce vergüenza esos jugadores que por poco más que una zancadilla acaban dando vueltas de campana por el suelo como si fueran una moto de MotoGP. Primero porque atenta contra la lógica: cuanto más grave es el traumatismo, menos se mueve el lesionado, y segundo, porque todos conocemos la moraleja de la fábula ‘Pedro y el lobo’. De este sucio hábito se deriva una práctica que me resulta especialmente ultrajante: dolerse de una zona diferente a la golpeada.
Cada día vemos más esa antideportiva praxis que consiste en que todo impacto sufrido duele más arriba. Si un tipo se lleva un golpe en el peroné, se echa la mano a la rodilla; si le pegan en la barriga, se duele de las costillas; y a partir de ahí, el no va mas: todo golpe por encima del pecho, duele en la cara. No importa que sea un codazo en el esternón o un arañazo en el cuello. En el fútbol de élite español, siempre duele la cara. Lo que no deja de ser irónico, porque el que hace eso, delante de miles de ojos y decenas de cámaras, no es otra cosa que un auténtico caradura.
Desde esta humilde tribuna me atrevería a pedir a la Federación y a los Comités, si no fueran unas instituciones totalmente corrompidas, que no les temblara la mano a la hora de castigar a posteriori esta práctica. Está muy bien quitarle la tarjeta a ese tipo que fue utilizado por un rival antideportivo (aunque el daño ya está hecho si ha sido expulsado y su equipo tuvo que jugar con uno menos), pero también se debería sancionar al mentiroso, económicamente y con partidos.
Conclusión
La picaresca española tiene más de quinientos años. De hecho una de las obras cumbres de nuestra literatura es El Lazarillo de Tormes, cuya edición más antigua conocida data de 1554. En este país ser honrado es casi siempre sinónimo de gilipollas y esa máxima funciona a todos los niveles. Si, por ejemplo, la grúa nos lleva el coche por tenerlo mal aparcado y tenemos un cuñado en la policía local, cualquier amigo nos diría que somos tontos si no tiramos del enchufe para librarnos de un castigo que merecemos. Y es que el español medio prefiere quedar como tramposo que como tonto; no en vano, al tramposo se le llama listo y al honrado se le llama tonto.
El mundo del balompié no es ajeno a ello y, consecuentemente, en los campos de fútbol podemos ver que las trampas están al orden del día: jugadores que engañan al árbitro o se aprovechan del rival, miembros de los clubes que intentan incidir en el partido y hasta algunos aficionados que se creen más listos que nadie, como cuando no se devuelve el balón que acaba en la grada y, una vez que se pone en juego uno nuevo, se lanza el primero para incordiar. Y todos nos justificamos igual: “ellos no lo van a hacer, así que no esperes que nosotros no lo hagamos”, o viceversa: “ellos también lo hacen, así que nosotros…”. Deberíamos volver a leer ‘El Lazarillo’, darnos cuenta de que su protagonista no acaba nada bien y comenzar a dar los primeros pasos para que esto cambie, con paciencia y confiando en que, poco a poco, se vaya imponiendo el juego limpio y los tramposos comiencen a cambiar o a esconderse.